El TDAH no es una enfermedad.

Cuando a nuestro hijo/a se le diagnostica que padece TDAH, el primer pensamiento que a los padres se les viene a la mente es “mi niño está enfermo”, y es un pensamiento erróneo. Tener TDAH no es lo mismo que tener un resfriado o el sarampión, tener TDAH es padecer un trastorno o una alteración en este caso de tipo neuronal, y por lo tanto “no se quita”. Eso si, con la terapia adecuada se corrigen síntomas negativos como la hiperactividad, la falta de atención, la falta de coordinación… para que el niño aprenda a superar todos estos problemillas y sea una persona capaz y autosuficiente. Además es muy importante concienciarnos a nosotros mismos y al propio niño/a que lo padece (ellos saben que algo les ocurre), de que hay que esforzarse por conseguir logros y avances, y estar orgullosos de nuestros niños y de nosotros mismos cuando esos escalones se vayan subiendo de forma correcta. Con alegría, optimismo, esperanza y paciencia lo lograremos, aunque por el camino haya momentos poco agradables.

Es muy positivo usar premios cuando los logros se van consiguiendo, así que, cuando eso ocurra es un buen momento para ir toda la familia a nuestro restaurante favorito, sacar la bicicleta, comer helado o hacer una tarta… La vida es así más agradable para ellos y por lo tanto para todos.